Tintinabulli

Escribió Friedrich Nietszche, en Crepúsculo de los ídolos, que sin la música el mundo sería un error y Pepe Monteserín, durante la presentación de su última novela titulada Los bolsillos de Bach, vino a decir que él no hacía nada si no era en compañía de la música. No está nada mal para ser una declaración de intenciones. Y es que en este libro que acaba de publicar, los amantes de la música coral tendrán un buen motivo para alegrarse y todavía más si al tiempo son amantes de la buena literatura. Monteserín, que reluce con la solvencia del estilo que acostumbra —exacto y divertido, barroco y rápido ma non troppo—, regala en esta ocasión a sus seguidores una gavilla de personajes que se parecen tanto a la vida real que cualquier lector podría llegar a confundirlos con el propio vecino psicópata del 8º, la quisquillosa compañera de trabajo o el sicalíptico amigo de la amiga de su cuñada. Únase a esto que, por fortuna, el tacto del libro entre las manos y la acabada factura de Ediciones del Viento, hará comprender al lector que estamos leyendo una ficción soberana.

Las alusiones que los personajes hacen a las vidas de diversos artistas y autores (páginas 213 y 214), sirven para alejar a lectores aquejados de presbicia ante la veleidad de juzgar sus hechos y no sus obras.

Comienza coqueteando con la posibilidad de un crimen y luego se adentra en los preparativos del coro de la empresa Hidrogás y del correspondiente ensayo del Magnificat en Re mayor, BWV 234, de Johanne Sebastian Bach, que acabará cantando en Leipzig ante la presencia del Papa. Aunque no de inmediato, el lector percibirá que la narración ofrece diferentes caras según se trate de cada uno de los personajes que van apareciendo. Pareciera que el autor hubiera querido igualarla de manera inconsciente al decurso del Magnificat de Bach, obra que a su vez el personaje Cecilio compara con una escultura barroca, la cual «ofrece perfiles diferentes según nos situemos ante ella». Presten atención al punto de vista, claro está. En todo caso, la voz cantante recae sí o sí en el Magnificat a la que se va uniendo de forma escalonada cada una de las voces —las peripecias— de los personajes. Me recuerda, aunque esto esté traído por los pelos dada mi ignorancia supina en asuntos de este calibre musical, a aquello que decía el compositor Arvö Part al respecto del estilo composicional creado por él mismo, el Tintinnabuli. Decía Part que el Tintinnabuli es la conexión matemáticamente exacta de una línea a otra…, la regla que convierte la melodía y el acompañamiento en uno. «Y uno más uno, es uno, no es dos», afirmaba rotundo el músico estonio. A su vez, las características de los personajes encuentran su refugio en la vida y obra de J.S. Bach lo que produce en el lector una cercanía al genio y un logrado corpus estructural. cómo entiende el narrador ese ente que es la coral así como su esencia.

Subyace tanto en el narrador —últimamente me seducen los narradores cuasi omniscientes— como en los personajes —coralistas que no coristas— una intención de didáctica entretenida, nada presuntuosa, lo que les convierte a poco que se deje el lector, en unos entrañables compañeros de viaje.  Gusta el autor, además, de retorcer los diálogos, llevarlos a situaciones límite y vuelve a mostrarnos la exactitud a la hora de desplegar el léxico correspondiente a la música que nos ocupa. Hay también algo de vodevil y enredo, de fugas y vanidades, de íntima rijosidad, qué se yo.

Las alusiones que los personajes hacen a las vidas de diversos artistas y autores (páginas 213 y 214), sirven para alejar a lectores aquejados de presbicia ante la veleidad de juzgar sus hechos y no sus obras. Al cabo, un escritor, un músico o un pintor no deja de ser una persona normal y corriente, con sus defectos y virtudes, pero cuando se lee, escucha o mira, sólo caben opiniones sobre lo leído, oído o mirado. Y, en cuanto a la conciencia colectiva —a este respecto conviene no olvidarse de la irónica reflexión de la página 89— el experimento del aterrizaje del avión puede explicar en parte la intención del autor, pero yo de ustedes me dejaría llevar por el empeño y me abandonaría sin más a las miserias y virtudes de los protagonistas, los coralistas del Magnificat (tienen la letra en la pág. 173).

En fin, leyendo este libro se les engrandecerá el alma musical. Y no desvelo nada si digo que uno de los personajes, Ricardo, es Pepe Monteserín después de haber oído las campanas. ¡Tintinnabulli, oh, yeah!

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