Imagina bosque imagina: en busca del origen.

Jean Giono, uno de los más apreciados escritores franceses del siglo XX, nos legó en un brevísimo relato la historia de un pastor solitario y generoso que habitaba en ese territorio donde los Alpes se adentran en la Provenza. Se trata de El hombre que plantaba árboles. El pastor plantó cientos y cientos de árboles y, tras treinta años, logró transformar una tierra en la que sólo crecía el espliego en un paraíso colosal. Este pastor del que nos da cuenta Giono, con ecos míticos, es símbolo de sabiduría y de nuestro enraizamiento con la naturaleza. Y es también, si se me permite, una contestación a una idea de progreso que siempre se nos presenta necesario pero tambaleante, bamboleante afinaba Octavio Paz. No es gratuito traer a colación aquí a estos dos autores para hablar de Imagina bosque imagina, el testamento del escritor Mariano Arias. Un testamento literario, fotográfico y acaso filosófico que los lectores podemos disfrutar gracias al acto de amor de su hermano Lorenzo Arias, quien se ha hecho cargo del deseo de su hermano de ver publicado su texto.

En esta obra póstuma, el autor congrega sus obsesiones y analiza y reitera su visión del mundo. No es asunto menor. Sobre todo si tenemos en cuenta que el ovetense vio constreñido su quehacer literario por la filosofía —en concreto por el materialismo filosófico—, cuestión que él mismo acabó aceptando, envuelto en una nube de interdictos y contradicciones, y agitado por una lucha encarnizada entre una verdad y una realidad que sólo acertaba a resolver cuando su obra de ficción lograba imponerse. Y no son precisamente escasos los ejemplos de autores cuya formación filosófica acaba por imprimir una mirada «rígida» a la hora de adentrarse en los meandros literarios, con un resultado desigual, aunque a menudo derrapen cuando se reiteran.

Bello e intenso libro, tal vez más apto para iniciados, representa con exactitud el trabajo de Mariano Arias durante muchos años: la búsqueda por el conocimiento material, la pasión por las palabras y, en definitiva, el amor por la vida.

Pero dejemos estas cuitas ahora porque en el caso que nos ocupa, este libro de Arias es ejemplo pintiparado de cómo la ficción puede imponer su propio código ante el exceso de imprimación filosófica. O digámoslo a la manera de Hannah Arendt cuando advertía que «el filósofo se sitúa ante la naturaleza como todos los demás seres humanos. Cuando medita sobre ella, habla en nombre de toda la humanidad». Si afrontamos así esta lectura, comprendiendo que Arias se sitúa ante la naturaleza de estos bosques como cualquiera de nosotros, nos acercaremos y entenderemos mejor Imagina bosque imagina.

En Imagina bosque imagina el autor nos presenta a un anciano ciego que escucha con atención crítica a un joven con el que ha convenido un diálogo, acaso un monólogo, como salida de emergencia a su bloqueo personal, preso de recuerdos difusos y borrosos. Dice el anciano: «¿Comprende? Entre la abundante literatura de los más diversos géneros, viajes, caminos, voces, ecos de voces e imágenes que han acompañado mi relación con la naturaleza se ha establecido un vínculo de difícil disección; apenas mi memoria logra abarcar todas las imágenes agolpadas en la mente». A partir de aquí, adornado de mitos, leyendas, cuentos e historias variadas, el joven coprotagonista de la narración irá contando su visión del bosque a través de 51 monólogos. Por ejemplo el bosque y la memoria; el bosque y los mapas; el bosque y la palabra; el bosque y la gramática; el bosque y la niebla; el bosque y la guerra; el bosque y los aromas; el bosque y los nombres…

Es aquí, en los nombres —asunto obsesivo para Mariano Arias y tema recurrente en su obra—, donde debemos detenernos y avistar que en la propuesta del autor subyace el deseo del hombre por nombrar. Y es que tal y como decía Octavio Paz, «el hombre, también, es un ser que desea y, porque desea, es un ser que imagina. Su imaginar es el presentir. Es un presentir que es un recordar, que es una exploración de lo desconocido que es, asimismo, una búsqueda del origen. Pues bien, como ser de deseos, como ser que desea, como ser que fabrica imágenes de su deseo que son un presentir, que son también un recordar, el hombre no es un sujeto de progreso sino de regreso. No quiere ir más allá, sino quiere volver hacia sí mismo». En este «volver hacia sí mismo», que es una forma de ese deseo de nombrar y de nombrarse, es donde podemos situar otra de las coordenadas importantes de Imagina bosque imagina, como entenderán quienes lleguen hasta el final de su lectura. Bien es cierto que este deseo por nombrar no está libre de escollos y contradicciones, como ya bien conocía Mariano Arias desde que alumbrara El silencio de las palabras (finalista del Premio Nadal en 1991). Así nos encontramos con frases en las que lo mismo se sugiere «que sólo es posible conocer el bosque nombrándolo», como con otras en las que «tal vez el que recurra a su nombre jamás alcance a conocerlo». Pero Mariano Arias no era un escritor que se amedrentara ante estos desafíos. Al contrario, los encaraba. Y es que no hay otra forma de progresar en el arte que ir al encuentro del siguiente desafío.

De otro lado, aunque el diálogo entre ambos protagonistas se presenta bajo la lógica tensión narrativa, el medio centenar de monólogos contribuye al buen entendimiento en tanto los lectores, usted y yo, acabamos convertidos —con nuestra mirada y nuestra experiencia— en un puente entre el anciano y el joven. Y también en guardianes permanentes de la memoria de las palabras, no sólo para nombrar, sino lo que es más importante, para seguir imaginando. Imaginando también a partir de las muchas ilustraciones y hermosas fotografías —de las que son autores tanto el propio autor como su hermano, antiguos amantes de esos caminos— que, además de retratar la naturaleza, tienen el poder de interpelarnos y sosegarnos para contemplar las estampas, estados y texturas de estas naturalezas varias y su relación con nosotros mismos.

Pero no completaríamos este pequeño acercamiento al alma de estos bosques si olvidamos la forma con la que Mariano Arias afronta su escritura. Hay sin duda una preocupación por la exactitud apoyada en una economía narrativa que acaba resolviendo con tino y soltura —como bien supo mostrar en Il Finimondo, su obra más acabada como ya dije en un artículo anterior—, y también unos escasos pasajes en los que apuesta por una écfrasis a mi modo de ver excesiva. Cosa menor porque el aire poético, mágico y hasta «sagrado» como gustaba decir el propio Mariano Arias, eleva el conjunto de la obra, exhibiendo un notable pulso estilístico.

Bello e intenso libro, tal vez más apto para iniciados, representa con exactitud el trabajo de Mariano Arias durante muchos años: la búsqueda del conocimiento material, la pasión por las palabras y, en definitiva, el amor por la vida. Por fortuna, al igual que Giono fue testigo de la obra del pastor tal y como nos anuncia en el arranque de su relato, también yo fui testigo durante años de este trabajo de Mariano Arias, quien lo acometió desprovisto de todo egoísmo, generoso en tanto no abrigaba un afán de recompensa, y del que espero y deseo deje alguna huella, palabra o imagen en la mirada de los lectores. Porque Imagina bosque imagina narra la contemplación de la naturaleza a través de un diálogo, de una mirada, a varias bandas, siendo consciente su autor, tal y como avisa el anciano al inicio del mismo, de que «no hay creación posible: ni en usted ni en mí. Sólo Dios tendría esa capacidad… —y al cabo de una breve pausa añadió con tono de sentencia y una burlona sonrisa—: y Dios no existe». Y sin embargo, aquí está este bosque, en pleno movimiento. Pasen, lean y piérdanse.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Recuerdo con nitidez, sí, a Mariano: con mis palabras silenciosas, que no amables con el lector ni con nadie, he tenido la suerte de conocer a muchas personas entrañables, generosas, admirables y admiradas y, por tanto, vivas en mí. Mucho le debo, en verdad, a la Literatura. Conste.

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    1. Javier Lasheras dice:

      Gracias por tu comentario,José Ángel. Todos le debemos mucho a la señora Literatura. Un fuerte abrazo.

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